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Dispositivos móviles y escuela

Dispositivos móviles y menores: un reto para la escuela

El auge de las dispositivos móviles, de las aplicaciones digitales y la conectividad permanente que estas permiten, enfrenta a las familias, a la sociedad y a la escuela a retos educativos hasta ahora desconocidos. Las familias se debaten entre el orgullo por la habilidad que demuestran sus hijos en el uso del teléfono móvil o la tablet, el miedo a los peligros a los que puedan enfrentarse y las dudas sobre cómo regular el uso de estos dispositivos, dónde poner el límite, cómo averiguar sin equivocarse cuándo los pequeños los están empleando de un modo provechoso para su formación y de una manera positiva para fortalecer sus relaciones sociales, o cuándo simplemente están entretenidos con las aplicaciones de mensajería o con cualquier contenido que les resulte divertido.

Esta circunstancia se ve agravada por los hábitos de los adultos; según el informe My first device, de Norton Security, la mitad de las madres y padres son conscientes de que ellos mismos dedican más tiempo a los dispositivos móviles que sus hijos, situación que les hace sentirse culpables; esta sensación de culpabilidad sube al 60% cuando se refiere al uso que los adultos realizan de los móviles en el tiempo que están con sus hijas e hijos. 

Sentimiento de madres y padres en relación al uso de móviles

En la escuela, por otra parte, las dudas no son menores: hay quien reconoce el potencial para el aprendizaje de estos dispositivos, pero son pocos los centros que definen las condiciones y circunstancias en las que pueden ser usados en los procesos educativos. En muchas ocasiones, los docentes que quieren hacerlo se enfrentan a resistencias importantes, muchas veces incluso recogidas en los documentos oficiales del centro, que prohíben de modo expreso que el alumnado use los dispositivos móviles en el centro educativo.

Pero, ¿cuáles son los datos que poseemos? Según el INE (noviembre de 2018) el 70% de los menores españoles entre 10 y 15 años cuenta con un móvil con conexión de datos; si nos centramos en la franja correspondiente a la enseñanza secundaria el porcentaje es del 87%. El mencionado informe My first device señala para España que el 28% de los menores entre 5 y 10 años posee ya su propio terminal inteligente. 

En lo que se refiere al tiempo de uso de estos dispositivos, existen numerosos estudios internacionales que tratan de afinar las cifras. En España, el estudio Anibes, de la Fundación Española de Nutrición, señala que el 48,4% de los menores entre 9 y 17 años (el 84% en los fines de semana) pasa más de dos horas al día ante una pantalla, sin contar horas de estudio. Entre los menores de 9 años, el porcentaje de los que pasan más de dos horas es del 38,5% (82% el fin de semana), y entre los mayores de 17, el 60% (86% el fin de semana).  Niño con móvil en medio de piezas de lego

Pero, ¿qué hacen los menores en el tiempo de conexión? Según el informe 2018-19 de Kaspersky, el mayor interés de los menores se centra en los contenidos de puro entretenimiento, de modo que la búsqueda de contenidos educativos queda reducida a poco más de un 5% de su actividad en la red.

 

En cuanto a las consecuencias, el estudio realizado en 2018 por el Instituto de Adicciones de Madrid Salud (Ayuntamiento de Madrid), la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad Francisco de Vitoria y la Universidad Rey Juan Carlos concluye que, en el grupo de encuestados menores de 18 años, un 57,5% se puede considerar como vulnerable a desarrollar un uso problemático de los teléfonos móviles; un 7,9% puede considerarse dependiente. Además, un 45,1% de estos menores también presenta un uso problemático de Internet (8,6% de dependencia), un 39% en la mensajería instantánea (10,7% de dependencia), un 25,3% en redes sociales (6,1%) y un 10,9% en videojuegos (1,9%).

Así mismo, el estudio Anibes advierte de los riesgos para la salud derivados del sedentarismo y determinados estudios internacionales nos invitan a analizar de qué modo la reducción de horas de sueño derivada del uso excesivo de dispositivos digitales repercute en sus procesos cognitivos.

El panorama resultante con respecto a este asunto es peculiar: entre la inseguridad de las familias, reforzada por un creciente sentimiento de culpabilidad por sus propios hábitos, y el distanciamiento de la escuela, los menores pasan buena parte de su tiempo diario usando dispositivos y consumiendo contenidos que afectan a sus hábitos, se someten a riesgos de dependencia, pueden tener consecuencias para su salud e incluso exponerse a contenidos claramente inapropiados para su etapa evolutiva. 

Esta situación se complica porque las investigaciones más recientes indican que debemos cambiar el concepto de brecha digital, al menos en los países desarrollados: esta ya no se sitúa entre quienes tienen o no  tienen acceso a Internet, sino entre las familias que por su situación y condiciones socioeconómicas, educativas y culturales pueden atender y acompañar a sus hijos en el conocimiento de la nueva cultura digital y quienes no pueden hacerlo. El informe Pisa in Focus 64 de la OCDE señala justamente en esta dirección: no hay diferencias sustanciales entre el tiempo de uso de dispositivos móviles y en el tiempo de juego desde el punto de vista socio-económico, pero sí en el tipo de contenidos al que se accede: PISA shows that even when most students have easy access to new media, inequalities persist in the way they use these tools. The use of online media depends on the student’s own level of skills, motivation, and support from family, friends and teachers, which vary across socio-economic groups.

En este contexto, organismos internacionales como la UNESCO no cesan de alertar de la necesidad de atender al uso de los dispositivos móviles en el ámbito educativo. En su informe Directrices para las políticas de aprendizaje móvil  la UNESCO recomienda que las administraciones las implementen por múltiples razones; entre ellas, el fomento de la igualdad y la equidad, la facilidad para el aprendizaje personalizado, la mejora del aprendizaje continuo, el apoyo a la inclusión educativa o la mejora de la comunicación y la administración.

Brecha digital

De todo lo anterior podemos extraer unas cuantas ideas sencillas que conviene tomar en consideración:

  1. El teléfono móvil de muchos de nuestros alumnos es un equipo tan potente y más versátil que la mayoría de los dispositivos que hoy mismo existen en los centros educativos.
  2. Esos terminales ofrecen unas posibilidades inmensas, ya sea por las aplicaciones educativas (muchas de ellas gratuitas) que permiten usar, ya por el acceso a través de Internet a páginas informativas y herramientas online de todo tipo.
  3. Los centros educativos tienen dificultades para mantener sus parques informáticos, por lo que demandan a la administración inversiones que permitan su uso y reposición.
  4. La sensación más extendida es que el uso de terminales en los centros educativos tiene que ver con situaciones disruptivas y hasta peligrosas, pero no tenemos datos que permitan determinar con seguridad si esto es así de un modo general o si, por el contrario, estos usos inadecuados se dan de modo mayoritario en alumnado caracterizado por estos comportamientos, al margen de que utilicen o no el dispositivo móvil en el centro
  5. Junto con el anterior punto, hay una evidencia, no respaldada por estudios, de inseguridad por parte de los docentes que tiene que ver con el permanente cambio de terminales y aplicaciones, sensación de menor competencia digital en elementos concretos que el alumnado, posibilidades de usos inadecuados dentro del aula y, en última instancia, de posibles responsabilidades personales y profesionales derivadas de este último aspecto.
  6. Los  datos nos indican que el consumo de contenidos digitales a través de terminales móviles por parte de los menores crece año tras año, del mismo modo que aumenta el tiempo en que lo hacen y disminuye la edad en que se produce el primer contacto con ellos y la curva de incremento del tiempo de consumo comienza a crecer desde edades más tempranas. Esta situación se produce, de modo mayoritario, sin una presencia significativa en este proceso de la familia ni de la escuela, situación que se agrava en los entornos más desfavorecidos.

Estas evidencias nos permiten comprender dos paradojas:

  1. Vivimos un momento en que casi la totalidad de nuestro alumnado posee  terminales de los que podría hacer un uso educativo, y sin embargo apenas el 5% de su tiempo lo dedica a ello.
  2. Los menores se enfrentan a una situación de aprendizaje en una nueva era y mayoritariamente lo están haciendo sin el acompañamiento de la familia ni de la escuela.

A grandes rasgos, la situación es la que se dibuja en los párrafos anteriores. Y, sin embargo, todas las instituciones educativas internacionales nos invitan a formar a nuestros estudiantes en competencias para el siglo XXI, a desarrollar las llamadas soft skills o habilidades blandas, y hacerlo particularmente en lo relativo al uso de dispositivos digitales, como un medio, además, para prevenir las situaciones de riesgo y para formar a nuestros menores como ciudadanos digitales competentes.

El uso de los nuevos dispositivos crea para los menores una zona de riesgo que coincide, en gran parte, con el espacio de aprendizaje y crecimiento que necesitan, con las necesidades formativas para su futuro y con una realidad a la que ni la escuela ni la familia se pueden negar: vivimos en una sociedad conectada en la que no podemos ignorar la presencia de lo digital como un elemento fundamental en la vida de los menores, por lo que debe integrarse dentro de los procesos educativos como un elemento estructural y transversal. 

Sin embargo, muchas familias se sienten impotentes para educar a sus hijas e hijos en esta nueva realidad y la escuela, situada en un horizonte de permanente cambio de dispositivos y aplicaciones y temerosa de no contar con recursos para responder de un modo solvente a las posibles situaciones de riesgo, mayoritariamente se inhibe de una obligación educativa que parece evidente. Esta inhibición tiene que ver también, en buena medida, con la ambigüedad normativa que en la mayor parte de las administraciones existe con respecto a legalidad y conveniencia de usar dispositivos digitales personales en el centro educativo.

Por esto último deberíamos comenzar; las Administraciones educativas deberían proporcionar respuestas que eliminasen las zonas de ambigüedad referidas al uso de los terminales móviles en las aulas: si se piensa que los dispositivos móviles del alumnado deberían ser usados dentro de los centros, la administración debería indicárselo claramente a la comunidad educativa, señalando las condiciones en que su utilización se aconseja y proporcionando los medios materiales (depósitos de seguridad en las aulas para guardarlos cuando no se usan, conectividad wifi suficiente…) y formativos necesarios para hacerlo posible (formación específica del profesorado, documentación y difusión de condiciones legales, libro blanco sobre integración de dispositivos móviles en los procesos educativos…).

Además, hay que proporcionar a los docentes que integran el uso de dispositivos móviles en sus prácticas docentes, a aquellos que se decidan a hacerlo, así como a los centros educativos en los que se plantee esta situación, un marco definido que les permita desarrollar sus actividades con seguridad.

Por último, en lo que se refiere al uso de terminales y aplicaciones, los menores necesitan una formación sistémica referida a esta nueva sociedad. Esta formación no puede formar parte de las actividades complementarias de los centros educativos: tiene que garantizar que la mayoría del alumnado se vea expuesto, en diferentes momentos de su permanencia en las etapas obligatorias del sistema educativo y desde una perspectiva puramente formativa, a conceptos y prácticas que son fundamentales para ellos y que tienen que ver con su salud, su derecho a la protección, su integridad ética y moral, su identidad afectivo-sexual y su equilibrio emocional.

En lo que se refiere a este último asunto, ¿la respuesta está en los programas educativos específicos? Sin duda constituyen un avance, dada la dificultad de abordar desde el vacío estos asuntos; por ejemplo, Foro Nativos Digitales, de la Consejería de Educación y Empleo de la Junta de Extremadura, trata temas (Estereotipos y lenguaje sexista en la Red, Ciberbullying, Videojuegos y apuestas, Fake News…) y desarrolla actividades (formación en tutorías para Primaria y Secundaria, Alumnado Cibermentor…) de un modo coherente, con la clara intención de desarrollar desde la escuela la necesaria formación de los menores en el uso de dispositivos digitales y ante las situaciones que les plantea la nueva sociedad digital. Pero, a pesar de su extensión (cientos de centros, miles de alumnas y alumnos participando en él…) queda reducido a quienes desean desarrollarlo y a los niveles educativos a los que está destinado, por lo que hay que seguir trabajando para que cada curso aumente el número de participantes.

En definitiva, el mundo adulto no puede mantener durante mucho tiempo el doble discurso actual: asustado por los peligros que los menores afrontan en el mundo digital y cobarde a la hora de educarles en esta nueva realidad. La administración, la escuela y las familias deberían asumir sus obligaciones ante este reto, definiendo los contenidos que se deben abordar y las condiciones de uso de los dispositivos en los centros educativos, de modo que el desarrollo de las habilidades asociadas a ellos  tuviesen, al menos en parte, una vertiente educativa. Ya es hora de considerar que lo que es normal en la sociedad debería ser normal también en la escuela. 

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